Publicado en marzo 10, 2008

Mi cita con Amy Winehouse

        La estaba esperando en la infinita barra del bar con un alcohol en la mano: víbora con agua quinada -he aprendido que hasta en el ensueño hay que serle fiel a nuestro trago-. Llevaba poco tiempo en aquella barra de madera que se prolongaba hasta donde el ojo humano pudiera distinguir; al final, se deformaba en una espiral. La diminuta figura de Amy se disfrazaba dentro de jeans entubados color negro, una escotada camiseta tipo polo blanca; zapatillas, cinturón, brazalete y bolso dorados.
Amy, para mi sorpresa, hablaba con perfección el español.
-Siento llegar tarde.
-No te preocupes -bebí de un trago el resto de mi wyborowa y gentilmente la tome por el brazo-, vamos para arriba.
Forest Whitaker quitó la reluciente cadena color escarlata para darnos paso a la escalera de caracol que nos encaminaría al área VIP. Le cedí el paso a Amy; el roce de nuestros brazos delató la excitación en los pezones de su mujer pintada. Me disponía a enfrentar los primeros peldaños metálicos cuando, de pronto, Forest me susurra algo al oído… Le digo que es todo lo que traigo, debo de pagar la cuenta de lo que Amy y yo consumamos durante la noche -Amy y yo, yo y Amy, Benjamín y Amy; suena bien-; Forest lo entiende y con un gentil guiño de su ojo bueno, me agradece la limitada ayuda. Subí los primeros escalones con el evidente pavoneo que a uno le nace a razón del tintineo de aquella cadena que se cierra a nuestras espaldas y que rechaza a la otra gente.
Andy le platicaba a Nacho su idea de pintar color pastel el ángel de la independencia, le decía que esa sería <<su obra maestra>>. Paul le contaba a Marisol que John había cambiado radicalmente desde que conoció a <<aquella chica>> en una galería. Bill y David discutían acerca de desayunar desnudos… o algo así. Lalo y Steven discutían acerca de <<si buscar una locación ideal o construir el set desde cero>>, al parecer querían hacer una película de monstruos o dinosaurios.
Con el recuerdo fresco del vaivén del no trasero de Amy mientras subía la escalera detrás de ella, hice las presentaciones necesarias: Amy, banda; banda, Amy.
Aún me secaba las manos con los jeans cuando vi a Amy recargada en el barandal que daba a la pista de baile del bar, ensimismada en su tren de pensamiento.
-¿Todo bien, Amy?
Como un eco moribundo, mis palabras se debilitaban antes de llegar a sus oídos: ni se movió. Decidí tomar la iniciativa y le agarré la mano. La mujer desnuda con sus pezones excitados estaba del otro lado, ahora era Cynthia la que me ofrecía su figura amenazadora sobre el brazo derecho de Amy…
-Salgamos de aquí -dijo ella.
Asentí con la cabeza, Amy rodeó mi cintura con su brazo y pegó su cuerpo al mío. Salimos del lugar.
Antes de subirnos al taxi me dijo que quería ir a la <<Tore Latrinoamerica>>. Supongo que al final no se le daba tan fácil el español, pero sobrentendí que quería ir a la latino. Al parecer, alguien le había dicho que la vista desde la <
<punta>> era bellísima. Rápidamente tracé la ruta en mi mente: <<si estamos en Coyoacán… y necesito ir al centro…>>…
-En la siguiente a la izquierda; pasando el Estadio Azteca por la lateral… sí, la que nos lleva al metro… luego… Así es, hasta topar con el Eje y de allí todo derecho -le dije al taxista que, para mi grata sorpresa, estaba muy familiarizado con el diseño urbanista onírico de mi ciudad.
En lo más alto de la latino, la madrugada golpeaba nuestras mejillas. Abracé a Amy por detrás, como un borracho abraza a su ex mujer; con pasión. Mis brazos protegían a Amy del viento que soplaba con recelo y furia. Los dos, fundidos en el calor de nuestros pensamientos, observábamos la ciudad que dormía a nuestros pies. Una ciudad gris y triste a la que, como a un soldado herido, le cuesta trabajo respirar mientras duerme; pero que a su despertar irradiará esperanza de nuevo.
La abrazaba con devoción cuando de pronto, se dio la media vuelta y me besó. Su lengua descifró a la perfección el nerviosismo de la mía: “sin querer” mi lengua descubrió un… hueco entre el canino y el premolar superior izquierdo de Amy. Fue un beso lento y prolongado, un beso que se antojaba real pero que carecía de sentido, digo, al fin y al cabo nunca antes había besado a Amy Winehouse. Por mi parte -después de meditarlo-, era como besar una fotografía o una línea de mi novela favorita; como el feedback entre la guitarra y el amplificador: estimulante no obstante distorsionado.
Aún cuando pensé que un beso <<sería el broche de oro>>, no dejábamos de ser dos desconocidos; dos extraños agarrados de la mano, compartiendo un pequeño terreno de intimidad -una divergencia que causaba placer-. El cuerpo de Amy y el mío se abstrajeron el uno del otro. Absoluto desentendimiento; estaban pero no estaban, ¿saben?.

Comprendí que mi cita con Amy Winehouse había llegado a su fin -si es que en algún punto comenzó-. Dos extraños pasando el tiempo; juntos, como dos ordinarios amantes. Dos embusteros en busca de contestaciones honestas. Eso es lo que éramos… o fuimos… o somos. Sus góticos ojos se despidieron de mí. <<Adiós nipples; adiós Cynthia; adiós… Amy>>, pensé.
Para cuando llegué a la planta baja, el día ya había comenzado. La fingida tristeza que me había invadido momentos antes en el elevador, había desaparecido. <<Uno nunca sabe a quién o qué se puede encontrar uno en esta ciudad>>, pensé. Mientras caminaba bajo los primeros rayos del sol, mi mente tocaba el piano introductorio de Back to Black de Amy: <<pam pam param pam… para pam pam param pam…>>. La esperanza de algo nuevo se extendía a lo largo de la enorme y transitada calle que se prolongaba hasta donde el ojo humano pudiera distinguir…; tan infinita como aquella barra del bar en donde, tan solo hace unas horas, había estado esperando a Amy.

AMY WINEHOUSE – BACK TO BLACK.

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Bob Dylan, un héroe que no será vencido por el tiempo.

        La oscuridad, oráculo que nos situaba la proximidad del maestro, se hizo presente al escuchar el descoordinado sonido de las primeras palmas, impacientes por encontrarse con el <<poeta>>. Puntual. 8:33pm, indicaba el insatisfecho reloj digital de mi teléfono celular. Dylan inició el concierto con lo que parecía a la distancia -Balcón, Q, 30-, una ‘strato’ que traducía la dialéctica de sus lánguidos dedos. Está de más decir que a su aparición, el rugido de aquél enorme pero mutilado -por el tráfico, y, por los altos precios-, monstruo de diez mil cabezas, se hizo presente. Dylan, plantado como la flecha orientadora que sostenía aquella brújula apuntando hacia el norte comenzó el ritual, y, cuando se tiene a un héroe enfrente, no se le puede trivializar con el término <<concierto>>.
Al sonar las primeras notas, no supe qué esperar, no supe cómo comportarme ante aquél momento tan emblemático que estaba a punto de transgredir mi cómodo e inerte universo de indie-rock-alternativo-chido-one-punk-amorcito-corazón-progre-yeah-yeah; como una jovencita a punto de ser ‘destapada’, traté de repasar rápidamente mi plan que con años y años de educación -y en algunas ocasiones, reeducación- musical, me habían permitido precisar una estrategia perfecta para disfrutar un momento tan legendario como este, pero lo único que pude hacer fue apretar y recibir.
El joven soñador detrás de aquella máscara de gurú, de 66 años, con esbelta figura vestida de negro, botas vaqueras; y flanqueado por sus cinco secuaces que, a su vez, estaban enfundados con playeras negras y trajes mostaza claro -lo mismo pude haber dicho: púrpura con motas doradas; el territorio del color me es ajeno, cual estado de sobriedad- , me penetraba de tal forma, que sólo quedaba ponerse flojito.
Con contundencia melódica y un aura de eclesiástica poética musical, navegamos por los mares rítmicos de un Dylan que no será vencido por el tiempo, ni mucho menos por facetas musicales en boga que se comercializan en nuestros días. Con una errática, pero a su vez, con una parsimonia jovial, Dylan contraía sus piernas y sus pies, rígidas manecillas de la brújula situada debajo de sus plantas with no direction home.
Nebulosas entonaciones, garrasperas y, uno que otro gallo, fue el repertorio teatral de las cuerdas vocales de Dylan, abrupto, como sincero. La pasión desbocada de su taciturna figura, debajo de los reflectores -tres tipos de luces, sobriedad absoluta que me hizo recordar el raquítico ambiente luminoso: rojo, amarillo y verde, del auditorio de mi secundaria donde, con la precoz actuación de mis compañeros, se le daba vida a las líneas de Neil Simon-, pasión pura.
¿Acaso era necesario entender las letras? ¿Acaso era necesario entonar sus famosas palabras al ritmo de sus camaleónicos nuevos arreglos de Like a Rolling Stone o Blowin in the Wind? ¡Claro que no! Conocí a una mujer de frondosa cabellera enigmática y ojos tan profundos como los solos de Frank Zappa que me daría la razón: <<es un gran poeta y compositor, ¿su voz?, su voz qué>>. Claro que uno de ustedes me está contestando: sí, sí importa; después me enumeraría de manera canónica, sus subversivos y novedosos conceptos musicales… Si ustedes creen que el sentimiento de Dylan no es lo suficiente para reconocer su calidad de héroe, es porque entonces nunca han escuchado al <<chaparrito>> de la cantina el Centenario que, con su National Style 0 Resonator de la muerte, ejemplifica la extraordinaria fusión entre la ejecución y el sentimiento, siendo, la primera, ‘para llorar’, y, la segunda, para llorar.
Extasiados al final, todos salimos por las mismas puertas, ensimismados en nuestra resonancia ‘Dylanesca’ que aún murmuraba -gracias a una gran acústica del lugar- en nuestros oídos y mentes. Al final, todos salimos a la gélida realidad de la noche to be on our own, again.

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