Publicado en marzo 25, 2008

SMS: el ‘seppuku’ de los borrachos.

01seppuku.jpg El seppuku o hara-kiri (escrito con los mismos caracteres, pero en distinto orden) es el término japonés empleado para denominar un suicidio ritual por desentrañamiento. Era una práctica común entre los samurais, que consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural.
En el rito del Seppuku, el samurai se colocaba de rodillas y hundía una espada corta (wakizashi) por el lado izquierdo del vientre, continuaba el corte hacia la derecha, volvía al centro y efectuaba un giro para ascender en la trayectoria del corte, hasta el esternón.
Mientras el guerrero efectuaba el seppuku, un compañero kaishaku (en muchos casos es un cargo desempeñado por un familiar o amigo del condenado) se mantenía a su lado de pie, y si veía a éste sufrir demasiado, le cortaba la cabeza.(*)

Todos tenemos algo de poeta, filósofo, escritor, improvisador, compositor,… pero, ¿por qué chingados lo tenemos que sacar durante la borrachera? ¿En alguna ocasión han cometido la imprudencia de mandar “mensajitos” en estado de ebriedad? El envío de “alegres” mensajes SMS es tan peligroso como manejar pedo, correr con tijeras en las manos, usar speedo en la alberca del gimnasio, tener a Luis Miguel en tu iPod, ser emo; es, en la mayoría de los casos, un ritual en el que nos exhibimos como torpes románticos, camaradas que rayan en la homosexualidad, chivatos de nuestros más preciados secretos y sentimientos, samurais que cometen el ritual -porque vaya que es un ritual- del suicidio social mediante su espada digital de 10 teclas numéricas.
Todo comienza con la especulación de que “lo tenemos bajo control”. Pensamos que conforme vaya progresando la ingesta de alcohol, seremos capaces de controlar nuestro impulso. Error. Lo ideal sería delegar a un amigo(a) la chamba de mensajerímetro, es decir, alguien que pueda evaluar nuestro desmesurado deterioro para que, en caso necesario, nos despoje de nuestro teléfono celular. Me cuesta trabajo creer que el hombre ha pisado la luna, que hay refrigeradores inteligentes que hacen el “super” vía Internet, hay automóviles que funcionan con energía solar… Y no hay un pinche celular que pueda medir los niveles de alcohol (vía cutánea, oral o verbal) del usuario para que una vez sobrepasado el límite, se bloquee automáticamente.
bt-friendsdialdrunk-featured-2590.jpg En algunos casos no es tan grave la situación, dependiendo de cuántas rondas van. En el mejor de los escenarios: quedamos incapacitados o, mejor aún, inconscientes como para redactar, buscar el contacto y enviarlo. Por el otro lado, podemos estar tan borrachos que, al mismo tiempo en que caricaturizamos un semblante sobrio en el espejo del baño, creemos tener la sensibilidad precisa de exteriorizar un par de ideas provenientes de nuestro diluido cerebro. Con un ojo, con un ojo y medio, o hasta bizcos, comenzamos a introducir la espada lentamente. La galantería comienza a aflorar con teatralidad en nuestros mensajes de texto: nos concebimos con la voz de Germaín de la Fuente, con la vitalidad expresiva de Efraín Huerta, con la rebeldía romántica de Jim Morrison (“estoy enamorado de tus pies”).
La situación se agrava cuando hay retroalimentación. La persona que está recibiendo nuestros embrutecidos mensajes trata de calmarnos o, lo que es más razonable, nos pide una breve traducción de nuestros crípticos mensajes; esa persona no se da cuenta que nada más está alimentando más y más al dragón nocturno. Pero lo peor viene a la mañana siguiente; la cruda y la cruda moral se dan de codazos en nuestra cabeza mientras que, temerosos, decidimos revisar el historial de “mensajes enviados”. Flagelación. El número de azotes es correspondiente al número de envíos durante la borrachera. Cada línea, nos devela una porción del rompecabezas. Pero adivinen qué… ¡El suplicio aún no termina! Ya que eso de andar mandando mensajitos borrachos no es como si hubiéramos hecho el oso de bailar el ‘venao’ en la boda, ¡no!, eso es efímero a comparación de lo que los gringos denominan “drink and dial”. El SMS queda registrado y almacenado en la memoria del celular, cada punto y coma; es como dejar en plena escena del crimen el casquillo de una “ronda perdida” proveniente de nuestra 9mm.
Esa sensación te acosa como un largo historial persigue a un delincuente. Te persigue hasta que el juez (la persona que recibió los mensajes) da su fallo; entonces, desaparece.
“No vuelvo a chupar”, esa no es la solución. ¡No sean extremistas; mejor, hay que apagar el celular!

(*) Información extraída de http://es.wikipedia.org/wiki/Seppuku

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