Alguien escribe sober mí. PARTE III

Uno,… dos, tres,… cuatro y… Benjamín sería el quinto. Se instaló en el asiento del pasillo perteneciente a la cuarta fila del bloque de la izquierda. El poster colocado a la entrada de la sala 6 prometía (<<ganadora de la palma de oro festival de cannes 2007>>) una buena función: 4 meses, 3 semanas, 2 días.

Combo grande. Refresco de naranja. Hacía mucho tiempo que Benjamín no disfrutaba de un refresco sabor naranja. Recordó la época en que tenía 12 años y, cuando no había nadie en casa, aprovechaba para insertar un VHS, destapar unas papas y llenar su vaso del Hard Rock Cafe con refresco de naranja; las palmeras y el <<Hurricane>> impresos en el vaso se destacaban del fondo anaranjado de la Fanta. <<Cincuenta pesos; es el chupe más caro que me he tomado hasta ahora>>, le comentó su papá en aquel momento en que pagaba “el huracán” en el Hard Rock Cafe de Acapulco. <<¿Qué habrá pasado con ese vaso?>>, se cuestionó Benjamín al tiempo que la pantalla comenzaban a vender tarjetas de invitado especial, cuentas bancarias, entre otras cosas.
Comenzó por el señor de la mochila, que se ubicaba en la misma fila que él pero del otro lado del pasillo, y que fue el primero al que vio cuando entró a la sala. El señor, de unos 65 años, reflejaba una enorme tristeza en su surcado y pálido rostro; sus ojos eran como dos emisarios del lejano futuro que contaban historias acerca del distanciamiento de familiares y amores convertidos en polvo (literal), a todo aquél que se cruzara en su camino. El viejo sostenía sobre el regazo de sus huesudas piernas el peso de una abultada mochila gris. <<Pero, ¿qué es el contenido de la mochila que amerita una protección (como la de un doberman) tan envidiosa?>>, se preguntó Benjamín, <<tal vez sus recuerdos; supongo que pronto lo sabré>>.
Detrás de él se encontraban la señora Cincominutosantesdemorir y la señora Cuatrominutosantesdemorir; dos pequeñas y empolvadas siluetas que se aferraban con estoica desfachatez a la vida, <<se dan el lujo de perder una hora y cincuenta y dos minutos en el cine; digo, no es como que derrochen el dinero, sacrifiquen a una cabra; no, peor aún, estamos hablando de tiempo, de minutos, segundos, tic, tac; deberían de estar aprovechando el robo de oxígeno para estar haciendo algo de provecho antes de, como dice mi amigo Eloy, “estar fertilizando narcisos”. ¿El cine? Ya tendrán tiempo de conocer a Bergman, Kurosawa, Griffith, Murnau, y hasta a Eduardo Palomo, que, como tengo entendido, viven en su próximo nuevo vecindario>>. Las dos señoras vociferaban juventud proveniente dentro de aquellos ultratumbanos atuendos. Cuchicheaban como dos colegialas; chismoseando, <<híjole, de veras>>, <<ay, cómo crees>>. Benjamín no ponía atención a la temática de los chismes, pero sí a la naturalidad con que los graznidos se prolongaban; fue ahí cuando nació la segunda gran preocupación de Benjamín. La primera, obviamente, era su temor por respirar con tal vehemencia que entorpeciera el escaso y débil, pero constante, pulso de los aciagos huelguistas: <<aún soy muy joven para cometer homicidio>>.
La que le pareció menos interesante a Benjamín, fue la treintañera de atuendo oficinista: usaba lentes, camisa blanca ajustada a sus <<¡mírenos, somos senos, somos grandes!>>, estaba sola, se sentó en la primera fila, en el asiento que determinaba la mitad de la fila, se reía de los comerciales; <<sin duda, una solterona desesperada>>. [Y luego se pregunta por qué la gente lo considera un pesado]
Por fin comenzaron los cortos, una de sus partes favoritas dentro de la sala del cine. <<Supongo que los cortos son como el faje que las mujeres nos exigen antes de tener sexo>>, pensó Benjamín.
Y entonces… apareció ella.
Los avances de Persépolis iluminaron el delicado rostro de aquella preciosa mujer, Iron Maiden fondeaba el momento, ella… se detuvo y la ansiosa mente de Benjamín comenzó a elaborar ideas (<<¡se detuvo!, no lo puedo creer>>), la hermosa joven había interrumpido su andar por el pasillo para poder poner toda la atención a los cortos de Persépolis (<<nunca había visto que alguien hiciera eso; ¡se detuvo!, ahí está parada, observando>>). El corazón de Benjamín se detuvo por un instante, por un instante se subió a la misma barca del viejo de la mochila y las colegiales cuchicheras; pero al final reaccionó y comenzó a bombear de nuevo. Los avances de Persépolis terminaron, las luces se prendieron y dieron paso al <<baile inconcluso de la cortina roja>>. La chica de cabellera castaña, labios pulidos por un rosa pasional, una sonrisa flanqueada por dos alegres hoyuelos, ojos color miel, y combo grande en las manos (<<seguro es de naranja; combo grande… es una señal>>), reanudó su andar por el pasillo para buscar un asiento. El mecánico baile de la cortina roja casi llegaba a su final. Benjamín, desesperado, porque sabía que una vez que comenzara la película no tendría tiempo de elaborar un plan para invitar a salir a aquella chica, hizo lo único que podía hacer, descargó una ráfaga de pensamientos a los que, por cierto, fue muy difícil de seguir: <<La amo. Combo. Miel. La amo. Hola, ¿te gustaría tomar un café?. No tomo café desde la secundaria. Una sangría, tal vez. ¿Qué eres, Benjamín, una solterona (sin ofender a la de la primera fila) que juega canasta? Qué ojos. Eran azul marino, ceñidos, Diesel. No puedo creer que se haya detenido a observar los cortos de Persépolis en pleno pasillo. Te amo. Que bueno que tú a mí también. Mira, te presento a mis padres; Mamá, Papá, ella es…>>. La cortina roja había llegado hasta arriba. Apagaron las luces y 4 meses, 3 semanas, 2 días comenzó.
El viejo, con la complicidad de la obscuridad, sacó una lata de refresco de su mochila y rompió el silencio de los títulos iniciales de la película. Las ultratumbanas cuchicheras guardaron silencio.
El viejo, las colegialas cuchicheras, la que no encuentra el amor, Persépolis y Benjamín disfrutaron de la película.
Cuando la película terminó, Persépolis se encaminó a las escaleras, Benjamín, rápidamente se levantó, sacudió los restos de palomitas que quedaron en su playera, y se paró en medio de las escaleras para forzar el encuentro entre él y su amada. Pero…
¿De qué otra forma podía haber terminado? <<Disculpa>>, fue lo que contestó Benjamín al encuentro de esos dos ojos miel sobre las escaleras. Ella se fue.
Benjamín salió de la sala 6, comentando sus anotaciones mentales consigo mismo: <<Buena película, sí, muy buena; el minimalismo estético…>>.

~ por Benjamín Villeda en Mayo 9, 2008.

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