
No me toques. No me hables.
Lo peor que te puede suceder al estar sentado en la barra, como un alegre desconocido, es que siempre hay un cabrón que te reconoce dentro de su propio universo.
-Se parece usted mucho a mi hijo -Me dijo el muy hijo de puta.
Apuré mi trago. Me recorrí un asiento a la derecha, y pedí una más.
-Una más.
De vuelta a la intimidad de ser un desconocido.
Me tomó aproximadamente una hora de tragos para enjuagarme el maloliente beso de la noche anterior.
La ‘Sultana’ había regresado a Manhattan.
-Negocios.
El oxidado sudor de sus axilas delataba lo inevitable: esta ‘Sultana’ es ‘Sultán’. Sólo los hombres cultivamos tan tiesos pelos y tan oxidado olor. No es posible que una mujer tenga esa clase de pelos en el sobaco.
En la universidad conocí a una muchacha, y después de varios fajes en el estacionamiento y varias botellas de Padre Quino, me entrené a quererla. Anduvimos por meses pero nunca tuve el valor de reconocer que aquellos pelos en su axila eran mutantes. Animales. Nunca tuve el valor de decírselo, ni de cogérmela por delante, viéndole la cara. Sí, definitivamente no era nada agraciada. No sé en qué estaba pensando.
El Sultán sentenció a la noche con el estruendo de su tarro contra la barra y el hipnótico ejército de pelos erectos al aire. Nos deseo buenas noches.
-Váyanse todos a la chingada. Al fin ni quería quedarme. Esta ciudad está podrida. ¡Putos!
El Sultán me besó en la boca. Le faltaba un diente. No recuerdo cual. A mi cerebro le cuesta trabajo contar molares cuando tengo a un travesti atravesado en el hocico.
-Paga mi trago, Gaelito -jugueteó por un segundo con mi pelo amarrado y luego se esfumó.
Pagué su trago.
Nunca conocí a la Sultana como conocí al Sultán, aparentemente. Me pregunto si tendrá amigos. Me pregunto si alguien se la/lo coge por delante.
Me levanté y regresé a mi asiento anterior. Pedí otro trago. Este ya está tibio.
-¿Cómo dijo que se llamaba su hijo?