
Tony Montana
Todo iba muy bien hasta que tuve que pasar al baño.
Aproveché un día de sol y reconfortante brisa para ir a Coney Island en busca de posibles locaciones para un nuevo cortometraje que traigo entre manos.
Después de tomar unas cuantas fotografías de posibles lugares en lo que se podría desarrollar la historia en la que estoy trabajando, decidí sentarme en uno de los bares a refrescarme con una cerveza y leer un par de páginas de mi lectura en turno, “La flecha del tiempo” de Martin Amis.
Una se convirtieron en tres, y luego en una cuarta. A la mitad de esta última era necesario hacer una de dos paradas al baño de hombres. Una de dos porque en pasadas experiencias descubrí que es necesario ir dos veces al baño antes de tomar el metro de regreso a Manhattan.
Al entrar al baño de hombres, y después de abrir la bragueta de mis bermudas, mi vista se topa con un poster gigante de la película “Scarface”. Al Pacino, ‘Tony Montana’, gigante, en frente de mí, por encima del escusado,… Allí. Qué manera de apocar a un hombre con el orgullo de fuera. Puta, hasta las ganas se me quitaron de ver el mundial. Así de cabrón.
Me di la media vuelta y salí del baño. Escuché, mientras la puerta se cerraba por detrás de mi, que Tony susurraba: “Say hello to your little friend”. Ojete.
Alguien debería de quejarse con la Administración, pero yo no. <<Yo soy machín y me aguanto>>. Tan machín que me aguanté todo el trayecto de regreso a casa con las cuatro cervezas en mi vejiga.
Todo iba muy bien hasta que tuve que pasar al baño…