De un solo trago

        Nunca nadie me había rogado antes. Jamás. Esto me entristeció. Por primera vez supe qué tan absurdas se veían mis lágrimas y porfavores aquellas veces en que yo lo hice. Lo hice muchas veces.
        Mientras Ale Sánchez me empapaba de lágrimas el hombro, diciéndome que no la podía dejar, que por favor le diera otra oportunidad, yo pensaba en lo patético y diminuto que me veía cuando lo llegué a hacer. Pobre de mí, pensé. Pobre de aquel yo que rogó. Así que decidí darle otra oportunidad a Ale Sánchez. Por mí.
        Aquella misma tarde nos acostamos juntos, después de que se secara las lágrimas y tranquilizara sus nervios. Me saca mucho de onda que las mujeres me lloren durante el sexo. Hasta me dejó hacer esa cosa que nunca me dejaba hacer. Jamás. Que te rueguen funciona. Supongo.
        Esa noche fui a la cantina con mis amigos. Pedí mi segunda cerveza, y salí. Le llamé a Ale Sánchez para decirle que hasta aquí llegábamos. Que quería ser su amigo. Que el problema era ella y no yo. Su buzón de mensajes lo tomó bastante bien.
        Cuando regresé a la mesa le di un trago a la cerveza y pregunté a mis amigos si algún día le habían rogado a una mujer para que no los dejara.
        –Pfff.
        Y bebieron de su cerveza.
        –Yo tampoco –agregué.
        Pedí un tequila derecho.

        Lo bebí de un solo trago.

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