Nunca nadie me había rogado antes. Jamás. Esto me entristeció. Por primera vez supe qué tan absurdas se veían mis lágrimas y porfavores aquellas veces en que yo lo hice. Lo hice muchas veces.
Mientras Ale Sánchez me empapaba de lágrimas el hombro, diciéndome que no la podía dejar, que por favor le diera otra oportunidad, yo pensaba en lo patético y diminuto que me veía cuando lo llegué a hacer. Pobre de mí, pensé. Pobre de aquel yo que rogó. Así que decidí darle otra oportunidad a Ale Sánchez. Por mí.
Aquella misma tarde nos acostamos juntos Sigue leyendo