Tagged with amor

De un solo trago

        Nunca nadie me había rogado antes. Jamás. Esto me entristeció. Por primera vez supe qué tan absurdas se veían mis lágrimas y porfavores aquellas veces en que yo lo hice. Lo hice muchas veces.
        Mientras Ale Sánchez me empapaba de lágrimas el hombro, diciéndome que no la podía dejar, que por favor le diera otra oportunidad, yo pensaba en lo patético y diminuto que me veía cuando lo llegué a hacer. Pobre de mí, pensé. Pobre de aquel yo que rogó. Así que decidí darle otra oportunidad a Ale Sánchez. Por mí.
        Aquella misma tarde nos acostamos juntos Sigue leyendo

Etiquetado , , , , ,

Llegando tarde

The Bar.

El bar, al cual protegeremos de todos ustedes bajo el nombre de “Bar”, se encuentra entremetido en la Primera Avenida del East Village. Uno no se topa con él. Él los escoge y los llama. Nos llama. Una vez que se entra jamás se sale.

Un madero viscoso, serpenteante, se aprovecha como barra. Adhiriendo permanentemente a ella los abatidos espíritus, y sueños decantados, de subnormales que se aferran a la vida mediante un combo especial: <<Scheaffer y un shot de whiskey>>, por tan solo 4 dólares.

Cada vez que uno de los del club subnormal entra, y cruza a través de aquel umbral, escapando de la luminosidad en que se encuentra bañada la Primera Avenida, el cálido seno de la penumbra los amamanta. Por siempre. Los habitantes de aquella lúgubre barra dan la bienvenida a sus conocidos (¿cocidos?), balbuceando el nombre del subnormal en cuestión. Aplausos. Celebran saberlos vivos, supongo. Yo también me aplaudiría; en el espejo, cada mañana.

Entré tambaleándome cual pistolero del viejo Oeste herido durante el duelo. Bob me saludó con su deformado aliento: “Hmm”. Lenguaje de un obeso camionero retirado. Prosigo mi atropellado andar. Busco con una de mis múltiples miradas a algún conocido detrás de la barra. La misma miserable persona se encuentra al otro lado: mi borroso e inclemente reflejo de toda la vida: estoy hinchado en alcohol. Esta vez visto camisa de franela a cuadros. Rojos y negros.

Los mismos culos gordos y fofos flanqueándome por la izquierda. Las subnormales nucas escoltan mi procesión, y me llaman. “Qué pedo, Ben”. Increíble pero llego al final de la barra.

Ella; una rubia oxigenada, americana, de finas proporciones sexuales (la tanga a la vista), se encuentra ahí, esperándome súper mega encabronada, al final de la barra. Siempre he tenido la percepción de que todo en el mundo sucede al final de la barra. O debería.

Mi abuela me aconsejó, tiempo atrás, sobre las mujeres. “Nunca las llames gordas; nunca se las metas por el culo sin al final decirles ‘te quiero’; y nunca de los nuncas, las hagas esperar”.

Bueno, pues le hice todas las anteriores a esta mega encabronada rubia que me esta esperando, al final de la barra. Así que ahí estaba yo, espectralmente pedo, vestido como un payaso de rodeo grunge, sin espada, sin trago, sin pluma: sin esperanza alguna ["...but te next drink". Malcom Lowry].

Megaencabronamiento vestía un top beige, mini falda de mezclilla y tanga blanca de sensual encaje, como descubriría más adelante, pero relatada mucho antes.

Al día siguiente, me cuentan que hubo un derechazo prolongado por parte de la rubia.

Eso explicaría el cómo de pronto me encuentro con la cabeza volteada hacia mi derecha, hacia el muro desnudo de tabique. Cuando recompongo mi cabeza hacia el frente, hacia donde sus ojos azules me miran con od¡HIJO DE LA CHINGADA! ¿CREES QUE ME PUEDES COGER POR EL CULO Y LARGARTE ASI COMO ASI?

-Ey, nena, no grites. No hay necesidad que todos se enteren de nuestro pasado. Seize the day, mi captain my captain.

Me encontraba mirando la pared de ladrillo, nuevamente. Esta vez cuando recompuse mi postura, mi mejilla izquierda lloraba auxilio con rojiza exasperación. Megaencabronada me había recetado uno titánico, otra vez. Megaencabronada seguía… encabronada.

Su cálida bienvenida me hizo pensar que, tal vez, era del sureste de algún lado de poray…; de padres abogados, católicos. Es (una) virgen, pensé. Así que le pregunté.

-¿De qué chingada madre estas hablando, puteque de mierda?

Sí. Virgen. Una virgen santa.

-Mira, cabrón. ¡Mírate! [me miro, ji ji jijiji], pareces un pinche vago. De saber que te presentarías así, pedo, en estas fachas, no me hubiera molestado en arreglarme|

INT. Bar – NOCHE.

Benjamín respira, aún, con mucho trabajo; voltea y mira directamente a cámara.

BENJAMIN

(disfrutando del momento)

Ella tiene razón.

|para ti. ¡Puto!

Les voy a decir algo. Extraño a mi abuela; fue la que más me ha enseñado sobre la vida: se murió. Después de un suceso como aquel, ¿qué se puede anhelar cuando se tiene 12 años de edad? Bueno, ¿en qué estábamos? Cierto, le dije que aguantara.

-Mira, nena; te amo. Tu. Y. Yo. Tu y yo… somos uno mismo, <<uo uo, u-o u-o>>.

Megaencabronada me mira de reojo.

-Aw, nene, eres tan romántico. Todo un poeta. Mi poeta.

Notanencabronadaahora me daba de comer en la boca. En la boquita. No sin antes haber confirmado mi declaración de amor. Su palma derecha buscaba que respaldara con empalmado entusiasmo mis palabras. Sólo encontró un lánguido intento de <<dame tantito chance ya merito>>.

Rulo. ¿Qué será del Rulo? No sé si tenía 15 o 60 cuando lo conocí. 15 o 60 días de pedo, me refiero. El tendría treinta y ocho años, sostenidos por un espíritu quinceañero. Lo último que supe de él es que se comprometió con el mar, en aquella playa, de hecho, en la que nos conocimos. <<Qué más le pides a esta pinche vida, mi Benja>>, me dijo al calor de la tercera botella de ron. <<Roncito>>. <<Pus unas viejas, cabrón>>, le contesté. Las consiguió. Y aquella noche nos hinchamos de alcohol, embriagándonos con el salino aliento de la piel de miles de sirenas, o, tal vez era sólo una. Mujer de ojos miel.

A la mañana siguiente, a lo que creo eran las primeras olas del amanecer, la sirena, ahora convertida en simplemente Rosa de a ochenta pesos, intentaba despertar la hombría de Rulo con su serpenteante lengua y volcánico aliento. Eruptó y espetó: <<nena,… si lo… si lo logras levantar, ss todo tuyo>>. <<Wow>>, pensé.

Notanencabronada me metía pedazos de chicken and waffles a la boca con el mismo cariño de un leñador ciego y manco. <<Yummy>>. Sonreí por lo que pareció un minuto, o una vida entera, ¿quién está contando en realidad?.

Me desabrochó la camisa. Los subnormales aplaudieron y aullaron. ¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! <<¡Auuuuu!>>.

La recosté en la barra (<<¡Auuu AUUU!>>) y le metí mi mano por debajo de su minifalda. Ahora, era ella quien aullaba…

No sé, y ni quiero saber. Lo único que se es que amo ese bar. Y aunque me he despertado en la esquina de Bleeker y Mercer sin cartera, sin llaves de mi casa, ¡sin mis lentes! <<Reputísimamadre>>… Aún así, les puedo decir una cosa: no tengo abuela.

Etiquetado , , , , , , , , ,

TANGENT. teaser trailer b.

Running away from a broken home, Samantha, an Australian student of photography comes to New York City searching for job opportunities and a clean start. She falls in love with David, a young writer from Spain that restores romance to Sam’s life. With him, Sam will discover that love is a more complex picture.

Directed by
Benjamin Villeda

Director of Photography
Steven A. Soria

Starring
Sabrina Medcalf & Pablo Herran

Un Mundo Raro Producciones & Monster boy/girl films
2009

Etiquetado , , , , , , , , ,

Polaroid

Picture by Steven A. Soria

Picture by Steven A. Soria

Probablemente todo se encuentre mal; atropellada composición, colores mal calibrados, líneas adolescentes, celoso encuadre que derrama dudas por saber a dónde va el resto de tu silueta, de tus ojos; pretensiones ocultas proyectadas por los “artistas”: así son las relaciones humanas. Pero bueno, basta de nosotros, de tu y yo, ahora hablemos de tu fotografía.

Puta madre, ojalá todas las fotografías fueran como esta. Sin presiones, sin cánones, sin película, sin batería; mantenla en tu mente, y por cuanto sea necesario retenla, luego deséchala en tu alma.

Sólo una chica tímida resguardando sus más preciados secretos (sonrisa y mirada) detrás de la Polaroid; obstaculizando al mundo.

Yo he escuchado a esos ojos. Yo he sido desnudado por esa sonrisa.

Así que aquí estoy, desnudo; este soy yo, con todos mis defectos: un trago de saliva. Glup. Y así, mostrándome la cruel imagen de mi, reflejado en tus ojos, te pido que no te rindas.

-Don’t give up on us, on me, baby.

Me voy a vestir ahora, no soporto esta mirada.

Etiquetado , , , , ,

DIA DE SAN VALENTIN EN NUEVA YORK

Los condescendientes gemidos de mi roommate hacia su nuevo novio me arrojaron a la calle. Una hora antes de lo previsto. Así que ahora me encuentro en el metro. Matando el tiempo no leyendo a Mishima. Habito el mismo espacio transitorio de aquellos subnormales que tanto atormentan a los otros autores no leídos en este momento. Es 14 de Febrero. San Valentín. Lo único que existe a mi alrededor es el desfile de flores y globos. Úteros aferrados al brazo de emperifollados espermatozoides, gestando el conformismo como nueva filosofía. Feromonas contaminando la brisa urinaria del subterráneo. Esperanzadas erecciones elegantemente disfrazadas bajo telas de algodón. Miradas deshonestas con tintes ocre, corroídas. Reminiscencias sepia de heridas que sanarán hoy con el calor de una extraña compañía con documentos de conocida. Eso me recuerda a mi primer San Valentín. Y del hambre que tenía después de experimentar mi primer casi-terrible desastre sexual. Ah, la adolescencia. ¿Cuál era su nombre? Ella sí me debe de recordar; aún. Para ella sí fui un terrible desastre sexual.
Tengo hambre.
Me introduje en la tiendita. Un cuchitril que vende escarabajos y gusanos y almas en pena con envoltura de marcas reconocidas. Sabía que lo único que encontraría al introducir mi mano dentro de mi bolsillo sería una diminuta y simulada comezón. <<¿Cuánto cuesta eso?>>, pregunté para hacer tiempo en lo que me terminaba de rascar. Me estaba dando la media vuelta cuando el dependiente balbuceó algo en monetario. Terminé de dar la media vuelta. El hambre seguía ahí. El hambre es psicológica. Bah. Aún así lo intento. Busco dentro de mi no es bolso cabrones es un morral sport que le robe a mi ex vieja. Hago a un lado a Mishima. Saco un pedazo de papel y pluma. <<Panuchos>>. Lo escribo sobre el pedazo de papel. Panuchos. Me lo como.
Ahora entiendo por qué la gente lee en el metro. Los inteligentes, al menos. Imaginen estar aquí sentado solo. Con tan sólo nuestros pensamientos. Con nuestra soledad y decadencia y nostalgia. Nuestra existencia. Esta ciudad es terrorífica. Ahora sé porqué tanta gente se suicida. Aunque aquí, en Nueva York, les llaman asesinatos. Accidentes. Terrorismo. Destino. Domingo. Y yo sigo sin leer a Mishima. Amo a esta pinche ciudad.
Todo me llevó 20 minutos. La G. Los panuchos. Transbordar a la L. Estaba parado en 1st Ave a las 8:15pm. 45 minutos antes de lo previsto. Me tomó aproximadamente 1 minuto en reflexionarlo. Tenía sed. Ni un céntimo en mi bolsillo. Ni comezón. Y aún 44 minutos por matar.
Siete cervezas, y mi acento mexicano, fueron suficientes para que los problemas me encontraran. Me habían estado pisando los talones desde hace ya un par de días. Me descuidé, supongo.
—Ey, nena, tranquila. Digo, eres hermosa… pero pareces hombre.
La última vez que estuve en una pelea fue durante la prepa. Ficticia, sí, pero pelea al fin y al cabo. Aquella vez había ganado, evidentemente. Los puñetazos de la vida real son exageradamente más dolorosos en comparación de los fantaseados, por mucho. Espero no sea lo mismo con el amor.
Trato de reincorporarme. Sea lo que sea que eso signifique. La sangre brota, tímidamente, pero brota. Mi espalda cobija la fracturada banqueta. Y ahí arriba está ella, la luna. Pálida y sin acompañante. Sola. Como yo. No hay mejor manera de disfrutar de esta perra ciudad. Arañando y aullando sofocadamente a la luna. La sangre no para. Drip drip. No creo que pare. Esta ciudad me va a matar. Cuando lo haga, espero que sea l-e-n-t-a-m-e-n-t-e. Drip drip.
Llegué a mi cita. Ya había comenzado sin mi. <<Llegas tarde>>. Desplegué mis documentos tan rápido como pude sobre la mesa. La junta iba a la mitad, discutían sobre locaciones y permisos para filmar en Central Park. Mi mirada, único órgano que permanece conectado a mi cerebro, tropieza con ella. Heather y sus ojos verdes estaban sentados en frente de mi, al otro lado de la mesa, no mirándome. Sonreí y suspiré mentalmente. Acaricié, con el último gramo de mi energía sentimental, su sonrisa casi real. Al fin y al cabo era San Valentín.
—Que bonita te vez hoy, Heather.
No me hizo caso.
Nunca me contestó.

Etiquetado , , , ,
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.